Art Spiegelman: «Picasso es un dibujante de cómic»

«¡Exijo análisis de sangre!», ha respondido con sorna en alguna ocasión Art Spiegelman (Estocolmo, 1948), cuando se le acusa de ser el padre de la novela gráfica. El término no le convence y lo ha visto como un intento de dar una respetabilidad al cómic que debería tener por sí mismo. Lo que no puede negar es que su libro «Maus», completado en 1991, abrió una nueva era para el género. La historia de cómo su padre sobrevivió a Auschwitz es una obra que ha entrado en el canon artístico del siglo XX, por sus innovaciones formales y por el impacto de refrescar la tragedia del Holocausto a generación tras generación. Spiegelman habla pegado a su cigarrillo perenne con ABC en Nueva York, donde se crió y todavía vive, pocos días antes de visitar el Museo Reina Sofía, en Madrid. Allí dará una conferencia con motivo de la muestra que el museo dedica al dibujante George Herriman. Buena parte de sus historias personales tienen a Nueva York de fondo, donde ha vivido desde su infancia. Y en ocasiones, es la protagonista, como en su libro sobre el 11-S. ¿Cuál es su relación con la ciudad? La odio y la amo. Siempre he dicho que la odio, pero que si alguien me encuentra otra «Nueva York», me mudaría allí mañana mismo. Vivo en el SoHo, que es algo así como «donde la gentrificación se retira para morir»… Es un lugar precioso, con edificios viejos que eran fábricas en el siglo XIX, pero dentro de ellos es como un maldito centro comercial de aeropuerto. Dentro de poco viaja a Madrid, dentro de la programación de la muestra sobre George Herriman en el Reina Sofía. ¿Cuál es su relación con este dibujante? Fue una influencia para mí incluso antes de que lo estudiara a fondo y lo absorbiera. Era algo que yo intuía que debía existir: un cómic que fuera algo más que un chiste en un periódico, que obtuviera un respeto que no había habido en el cómic. La gente lo leía porque les hacía reír, pero también porque había algo más que eso. Desde que supe que quería ser dibujante, desde muy pequeño, entendí que en el cómic había esa urgencia que ya representó Herriman. ¿Recuerda cómo fue su primer contacto con el cómic? ¿Fue una atracción visceral? No fue racional, eso está claro. Todavía estoy tratando de convertirme en alguien racional. Fue puro amor a primera vista. Hay una escena en «Breakdowns», un libro en el que recopilé mis mejores creaciones de los años 70, en el que aparezco de niño en una tienda con mi madre y mis ojos se quedan pegados a un tebeo, con una portada de una mujer monstruosa que me cautivó. Convencí a mi madre de que me lo comprara y lo estudié, lo releí, copié los dibujos, absorbí el sentido del humor, muy subversivo para un niño. Lo estudiaba igual que otros niños estudiaban el Talmud. He visto esa viñeta, esa mujer-monstruo tiene una apariencia muy «picassiana»… ¡Totalmente! Para mí, Picasso, en el fondo de mi corazón, es un dibujante de cómic. Y lo digo como el mayor elogio. Si fuera un cómic, Picasso representa la transformación del arte en el siglo XX, es su icono. Y su arte tiene una especie de intensidad en la exageración que yo asocio con el cómic. Dos figuras picassianas de Spiegelman, en la contraportada de «Breakdowns» - ABC Ken Jacobs me decía: «Mira, Picasso es solo otro capullo, como tú, metido en un estudio, que se masturba, pinta…» ¿En qué ve esa relación entre Picasso y el cómic? Cuando yo era joven era una especie de «snob guarro», cualquier cosa que sonara a cultura establecida lo rechazaba. Eso cambió con mi amistad con el cineasta experimental Ken Jacobs, que me educó sobre arte. Me decía «mira, Picasso es solo otro capullo, como tú, metido en un estudio, que se masturba, pinta…» Me hizo verlo como un dibujante de cómic, como alguien que compone paneles rectangulares muy buenos, con caras exageradas que te hacen sentir gozo, rabia o pena y que puedes observar durante tanto tiempo como una viñeta, sentarte, contemplar, y descubrir más y más cosas. El arte tuvo que descubrir qué era cuando dejó de ser como una fotografía, y en los últimos tiempo los cómics han tenido que descubrir qué es lo que son cuando han dejado de ser simplemente la principal forma de entretenimiento para niños. En esa transformación del cómic, su obra más conocida, «Maus», ha sido crucial. Yo crecí con las sombras de Auschwitz en las caras y en las conversaciones de mi familia. Ni siquiera me podía imaginar que hubiera gente que no conociera la historia. Había pasado un tiempo experimentando formalmente con el cómic, viendo qué podría ser más allá de un chiste. En 1972 hice una versión corta, de tres páginas, de «Maus». Lo hice porque era un material importante para mí, como el escritor que escribe de lo que sabe. Cuando cumplí los 30 años sentí que tenía la necesidad de hacer algo que justificara mi vida si de repente moría en un accidente de moto, como estaba convencido de que iba a suceder. Y pensé que lo más difícil que podía intentar era una versión larga de «Maus», hablar con mi padre y detallar toda su historia. Lo que estaba en mi mente era un libro largo de cómic que necesitara un marcapáginas, que pudieras volver a él, no de leerlo una vez y tirarlo. No supe que tardaría trece años en acabarlo y que me seguiría el resto de mi vida. Ha dicho que «Maus» se ha tergiversado en muchas ocasiones. El libro se usa como catecismo, como una lección: «debéis ser buenos los unos con los otros». Y mi intención no era tanto explicar qué pasó, sino demostrar cómo se podía contar una historia con imágenes abstractas, mi prioridad era la experimentación formal, la composición de páginas. Hoy en día parece que cada año en los «Oscar» hay un premio a «mejor película sobre el Holocausto». No era así cuando hice «Maus». Buscaba crear algo anómalo y ahora es un género en sí mismo. «Los tiempos de Reagan y Bush parece, ahora los buenos viejos tiempos, cuando los asesinos eran hombres de estado sofisticados» Ha pasado un año desde la victoria electoral de Trump, ¿cómo lo ha vivido? Ha sido horrible, el año más largo que recuerdo. Con Reagan y Bush ya pensé marcharme del país, pero aquello parece ahora los buenos viejos tiempos, cuando los asesinos eran hombres de estado sofisticados. La imagen de neonazis en Charlottesville, desfilando con antorchas, parecía sacada de «Maus». En efecto, parecía una viñeta. Pero debo decir que cuando yo era joven había un pequeño partido nazi en EE.UU. que decidió manifestarse en las calles de un pueblo de Illinois donde vivían muchos supervivientes del Holocausto y yo no me opuse. Hay que proteger la libertad de expresión. Se debe poder decir cualquier cosa. Quizá soy un optimista, pero las mejores palabras al final ganarán. El problema es que en Charlottesville les dejaron ir armados y eso ya no es una conversación en igualdad. «Maus» ha sido el único cómic en llevarse un Pulitzer, ¿cree que lo han merecido otros? El cómic ha florecido tanto que me cuesta estar al día. Alguien que lo merece es Emil Ferris, por «Mi cosa favorita son los monstruos»; otro se lo daría a Chris Ware por imaginar un mundo tan creativo y evocador; bueno, y también a Richard Crumb, que ahora es políticamente incorrecto, pero cambió el cómic, y le daría otro a… Bueno, ¡si yo estuviera a cargo os dejaría a los periodistas sin premio!

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